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Alfredo Alzugarat
Diario El País, Montevideo.
Luego de la publicación de Las milongas se organizó un homenaje a su autor, Washington Benavides, en el liceo de Tacuarembó. Numa Moraes, que contaba entonces con apenas quince años, encontró en ese evento la posibilidad de cantar ante el poeta. Había leído el libro y se planteó impresionarlo. Decidió interpretar "algo que se saliera de lo habitual" y musicalizó unos versos de Joaquín Almada, un poeta amigo de su padre. "El asunto surtió su efecto", recuerda ahora Numa. "Cuando el Maestro escuchó tres canciones inéditas, con textos que decían cosas bien dichas, lindamente dichas, le llamó la atención aquel muchacho que aparecía ahí, de la nada, cantando con música propia, tocando la guitarra con todos los dedos, sin púa y con una técnica relativamente correcta." Al cabo del acto, Benavides lo saludó y lo invitó a que fuera a su casa. Numa no perdió la oportunidad. Nació así, entre ambos, una relación que se prolonga hasta la actualidad y que ha sido clave para la trayectoria artística de Numa Moraes, quien ha interpretado más de cien poemas de Benavides, entre ellos algunos tan recordados como "Seu Frankilín Olivera", "La Padilla", "Ding-Hung juglar" y "Color de arena tus ojos".
Hasta ese momento, aquel muchachito nacido en Curtina en 1950 sólo había participado en programas radiales locales, junto a músicos del pago o integrando conjuntos efímeros, interpretando canciones del folclore argentino y algunas piezas de Osiris Rodríguez Castillos, de Aníbal Sampayo o de Alán Gómez. Había pasado por el Conservatorio Municipal de Tacuarembó y su pasión por la guitarra y el canto tradicional lo llevaban a escuchar su Spica incansablemente y a comprar cuantos discos hallaba a su alcance. El encuentro con Benavides, que en lo inmediato se aquilataría acompañándolo en recitales por localidades del norte uruguayo, le proporcionaría la posibilidad de hallar un repertorio propio, de ritmos nativos y de poesía universal. Allí también conocería a otros jóvenes como Eduardo Larbanois, Victor Cunha o Eduardo Darnauchans. Junto a ellos, en la casa del poeta, escucharía tanto a cantautores entonces emergentes (Viglietti, Zitarrosa) como a Bob Dylan, Simon & Garfunkel, los Rolling Stones, o composiciones de música renacentista que lo impactarían desde el primer momento.
El difícil equilibrio. La llegada a Montevideo, en 1969, le significaría abrirse paso en un escenario musical donde el canto popular, en pleno auge, se comprometía con las alternativas de lucha y cambio social. Su participación en la peña De Cojinillo y en los espectáculos de "Generación 70" junto a Julio Calcagno, le permitieron ahondar en territorios poéticos e interpretar a Juan Cunha, a Benedetti, a Gabriel Celaya. Eran los tiempos de irrupción de la canción protesta, que, como afirmaba Ángel Rama, "no es sino una poesía cantada en la gran tradición que al género le viene de sus orígenes más remotos" (Enciclopedia Uruguaya No. 57, 1868). Eran también tiempos de militancia política, en los que era difícil establecer un equilibrio entre el valor estético de un texto y la necesidad panfletaria. Numa fluctuó por esos años entre el juglar que aspiraba ser y el cantor de barricadas que la caliente realidad demandaba. Alcanzó la popularidad con su tercer LP, La Patria, compañero. En ese entonces tanto lo aplaudían en el teatro Odeón como en un local sindical, en una peña como en un comité de base. La represión también lo tuvo en la mira. En una oportunidad fue preso, en otra debió huir de un acto escondido en el camión de la murga La Soberana.
El exilio, como a tantos, lo llevó primero por Chile y Cuba. Participó de la peña de los Parra y del Festival de Valparaíso mientras desempeñaba cualquier oficio. En 1974 ya se encuentra en Europa y el 8 de octubre canta en Milán en un homenaje al Ché Guevara. En París se reencuentra con Marcos Velázquez, con el Sabalero y con su admirado Daniel Viglietti. Al año siguiente se instala en Ámsterdam donde acaban de reeditar su último LP y pronto decide profundizar sus estudios de guitarra y canto en el Conservatorio Real de La Haya, junto al maestro uruguayo Antonio Pereira Arias. Hubo que estudiar mucho. Y lo hizo. Cursos en holandés, apertura a la música de todas las latitudes. "No hay muchos ejemplos, en el canto popular, de intérpretes que se hayan diplomado en música y en ejecución instrumental tras ocho años de estudio en una institución de ese rango", afirma Alfredo Escande. Mientras tanto graba nuevos discos (Furia, Aire) y viaja con su canto solidario hasta lejanos lugares (Hungría, Israel, Angola, Panamá, Venezuela, Nicaragua, etc.). Curtina había quedado muy lejos pero permanecía en su memoria. "Aquella posibilidad de estar oyendo y viviendo tanta variedad me abrió otro mundo pero, eso sí, siempre tuve el cuidado absoluto de mantener la llamita del pago encendida", reflexiona ahora en su libro de memorias.
El acto en el Franzini, la vuelta a Tacuarembó, resultaron los momentos más emotivos a su retorno al Uruguay, en la agonía de la dictadura. Pronto habría más actuaciones, más discos, más giras, hasta su anclaje con el programa "La canción nuestra" en varias radios rioplatenses y su labor conjunta con Benavides en el Taller de Música y Poesía Popular, fundado en 2008 en el marco del Servicio de Bienestar Universitario.
HUMILDAD Y PASIÓN CREATIVA. El título del libro -De Curtina a La Haya- indica un recorrido geográfico que es un itinerario de crecimiento personal, fruto de sus sueños, de su esfuerzo y del azar de circunstancias que supo afrontar. En el largo relato de Numa la humildad va de la mano con su audacia. Su agradecimiento a todos aquellos que lo ayudaron y orientaron lo lleva a pormenorizar su relación con Viglietti, con Zitarrosa, con Osiris Rodríguez Castillos. En el mismo tono confiesa errores y "metidas de pata". A la vez, sus palabras dan cuenta de esa pasión creativa que lo inclinó desde los años más tempranos a poner música a decenas de textos de poetas de todas partes, algunos de ellos verdaderos desafíos ante los cuales muchos entendían que había que estar muy bien preparado para asumirlos: "Sonatina" de Rubén Darío, "Las golondrinas" de Gustavo Adolfo Bécquer, "El gigante de ojos azules" de Nazim Hikmet, "Danza negra" de Luis Palés Matos.
De Curtina a La Haya posee otras virtudes. Numa destina un capítulo entero a explicar sus procedimientos técnicos, los entresijos de su labor. El relato de sus memorias se complementa con abundante información de contexto, sobre eventos musicales de trascendencia y sobre protagonistas del canto popular que conoció o que influyeron en su trayectoria, un plus que convierte al libro en texto ineludible para interesados en el tema.
DE CURTINA A LA HAYA, de Numa Moraes, en colaboración con Alfredo Escande. Planeta, 2011. Montevideo, 415 págs. Distribuye Planeta.
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